Microrrelato: Privacidad Cero

-Enhorabuena, acaba usted de ser condenado a desorganización neuronal.

Dijo uno de los agentes mientras el otro me inmovilizaba con unos bloqueadores magnéticos en las muñecas.

-¿Cómo?. ¿Pero qué significa esto?. ¡No lo entiendo!. Yo no he hecho nada… ¿Desorganización neuronal?.

Fue todo lo que acerté a decir. Estaba muy confundido y no alcanzaba a imaginar lo que estaba sucediendo. Hasta ese momento era un día cualquiera, en que había decido acercarme al centro comercial a comprar pan y alguna cosa más. Aunque visto en retrospectiva, creo que algo así tenía que pasarme tarde o temprano. Más aún desde que el nuevo gobierno publicara El Ideario.

Amablemente, utilizando un tono neutro y calmado, e incluso esbozando una leve sonrisa, el agente me respondió:

-Discúlpeme, entiendo que usted no está familiarizado con la moderna terminología legal. Tratamos de evitar utilizar expresiones con una connotación negativa, que puedan ser interpretadas inadecuadamente. Pero, para que usted lo entienda y simplificándolo mucho, ha sido condenado a muerte. ─hizo una breve pausa─ No obstante debe comprender que es usted muy afortunado.

Un escalofrio reocorrió mi cuerpo. Sentí que me iba a desvanecer. Estaba absolutamente en shock. En una sociedad democrática como aquella en la que yo había crecido, esto era impensable: sin acusación, sin defensa, sin juicio… ¡condenado a muerte!.

-Como muy pronto tendrá ocasión de comprobar, los métodos de desorganización neuronal son extremadamente placenteros. ─prosiguió el agente─ La ciencia se pone al servicio de la sociedad para evitar cualquier tipo de sufrimiento. De todos modos, si esto le causa desasosiego, ─dijo mientras sacaba un botecito metálico del bolsillo de su riñonera─ estamos autorizados a suministrarle tranquilizante instantáneo por inhalación. ─sonrió ampliamente─ Créame que le hará sentir mucho mejor.

-¡No, no… Estoy bien!. ─exclamé con apenas un hilo de voz y esforzándome por mantenerme en pie─ Pero ¿por qué?. ¡Necesito saber la razón!. Tengo familia, dos hijos, esto no puede estar pasando…

-Si, lo sabemos. No se preocupe por ello, El Sistema se hará cargo y puede estar seguro de que se tomarán las medidas adecuadas. En cuanto a los detalles de su condena, se escapan a nuestra comprensión. Debería bastarle saber que tan pronto su rostro fue identificado por las cámaras del centro comercial, El Sistema y su infalible Inteligencia Artificial, le asignó un porcentaje superior al 95%. Como sabe, o como debería saber, El Ideario es muy claro al respecto en estos casos: dado que tiene más de 40 años y un porcentaje tan elevado, se descarta la posibilidad de reeducación, por lo que se le condena directamente a desorganización neuronal. Es lo natural.

-¿¡Superior al 95% de qué!? ─grité angustiado ante la incomprensible explicación─

-De probabilidad de rebelarse o bien atentar contra El Sistema. Se ve que ha debido ser usted bastante crítico en sus comentarios públicos o privados respecto a El Ideario y que no es de los que se queda en palabras… ─comentó el agente visiblemente impaciente─ Por favor suba al vehículo de seguridad de conducción autónoma. A su llegada le darán más explicaciones si así lo desea. ¡Ah! y le reitero mi más sincera enhorabuena.

Me libereraron las manos e hicieron subir con firmeza pero sin emplear ninguna violencia. Tan pronto entré al vehículo, esté se cerró herméticamente y comenzó su suave desplazamiento hacia mi último destino. El habitáculo no era muy amplio, pero si cómodo y con una cuidada decoración. La música y sobre todo esa extraña y penetrante fragancia, me tranquilizaron y relajaron casi instantáneamente.

Y aquí estoy, fresco y despejado pero absolutamente dócil, conversando con mi bellísima verdugo mientras prepara los últimos detalles de mi desorganización neuronal.

Al llegar he sido recibido como un invitado, casi como un amigo. Me han ofrecido comida y servido una deliciosa bebida afrutada que me ha relajado aún más. Hasta tal punto, que me encuentro ahora cómodamente reclinado en un amplio sillón, el lugar donde se llevará a cabo mi desorganización neuronal, sin nada que me retenga o impida levantarme e irme. Pero, por extraño que pueda parecer, me encuentro demasiado bien para pensar siquiera en realizar el esfuerzo de hacerlo.

Laura, ─con este nombre se ha presentado mi anfitriona y verdugo─ me ha explicado amablemente que con mi sacrificio contribuyo a solventar algunos de los problemas que El Sistema considera prioritarios en nuestra sociedad. La superpoblación, la tasa de envejecimiento y sobre todo los posibles impedimentos y retrasos a las soluciones aportadas en El Ideario por el propio Sistema. Lo cual podría incluso poner en peligro nuestro futuro como especie. Todo lo que allí está escrito, debe ser obedecido con fe ciega, aún a costa de nuestra  libertad individual, dado que ha sido redactado por una intelegencia infinita, con un criterio incontestable para decidir qué nos conviene.

Evidentemente no puedo estar más en desacuerdo con todo esto, y esa es la razón última de mi condena. El Sistema lo sabe porque monitoriza a los ciudadanos en todas y cada una de sus conversaciones y comportamientos. Todo es grabado, registrado y analizado, lo que le permite crear un perfil detallado de cada cual y calcular con precisión un porcentaje. En mi caso, un fatídico 97%.

Incluso estas palabras, mis últimos pensamientos y recuerdos, están siendo conveniente almacenados. De este modo podrán ser utilizados después, si lo considera conveniente, para aplicar posibles mejoras y optimizaciones en futuras desorganizaciones neuronales.

Con paso lento, oigo acercarse unos tacones sobre el inmaculado suelo de la habitación. Laura camina hacia mí. Parece que ya ha completado los preparativos. No recuerdo haber visto una mujer más hermosa. Con un rostro de piel muy clara, prácticamente perfecto, realzado por un cuidado maquillaje, no parace haber un rojo más intenso que el sus labios ni un negro más profundo que el de sus ojos y brillante cabello, que recoge en una abundante y aséptica cola de caballo.

-Disculpe que interrumpa sus pensamientos. ─me dice ella casi al oído con voz suave, al tiempo que me embriaga una oleada de su delicioso perfume─ Vamos a comenzar el procedimiento de desorganización neuronal. Espero que sea de su agrado.

Junto a ella, en una mesa casi transparente, reposan unos pequeños frascos de cristal. Con lo que parece ser una sofisticada jeringuilla, absorbe lentamente el contenido de uno de ellos, tirando del émbolo con la destreza de quien ha realizado la misma operación miles de veces.

-No sentirá ningún dolor. ─Efectivamente, ni la menor molestia. Puedo notar el líquido azulado entrando poco a poco en mi torrente sanguíneo mientras Laura, con sus brillantes guantes de látex negro, a juego con el resto de su ceñida vestimenta, inyecta aún más despacio la dosis hasta la última gota. Me siento tan tranquilo en este sillón, tan confiado, y al mismo tiempo con una insaciable sed de vivir.

-Pronto la agradable sensación que siente ahora dará paso a un inmenso placer que le acompañará hasta el final ─me dice─. Durante el proceso notará vagamente como desaparecen sus recuerdos y preocupaciones. Para disfrutar de una experiencia más intensa, no se resista y déjese ir. La tonicidad muscular y su capacidad motora se reducirán paulatinamente, casi de manera imperceptible, al tiempo que su respiración se hace más lenta y superficial. Ahora notará como sus sentidos se debilitan progresivamente y pierde la capacidad de comprensión verbaxlasffgf hjg jhgasdfasj sdjfñlaskdjf kldgjlghñj ksdg fgfg ghiu wqlcn osdtg jhldgjlg.-.-.———–

2 Comentarios

  • Daniel

    Excelente relato, me gusto mucho, gracias por compartirlo !!

    • Luis Hernández

      Gracias a ti por tu amable comentario Daniel! 🙂

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: